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Biografía

Por José Montero Padilla wenceslao

Al olvido, a un posible olvido de su obra, se refirió el propio Fernández Flórez en alguna ocasión, así, por ejemplo, en el prólogo a la edición de sus Obras Completas, donde dice:

"En rigor, no escribo novelas para nadie, y ahora mismo, al llegar a esta altura del prólogo ya me cansa haber escrito tanto acerca de ellas. Pensaba ocuparme particularmente de El bosque animado, porque quizá sea mi preferida entre cuantas he publicado hasta hoy y -hasta hoy también- la que menos lectores atrajo. Me parece, sin embargo, que será la que tarde más en hundirse en ese olvido que a todas está, sin duda reservado".

Ese olvido... Confiemos en que tan pesimista augurio no se cumpla. Bien al contrario creo, y lo creo convencidamente, que Wenceslao Fernández Flórez es uno de los novelistas de su tiempo más cercano a la sensibilidad, al pensamiento y las inquietudes de la hora actual. Y de ello pueden hallarse testimonios múltiples en sus novelas y en sus crónicas.

¿Olvido? Sí es verdad, desde otra perspectiva, que el escritor en diversas ocasiones había manifestado su desdén hacia la popularidad, su desdén de la notoriedad:

"La popularidad -afirmó en una ocasión- comienza halagando y acaba molestando. La popularidad viene a ser una caricatura de la gloria".

La gloria, esa honra o fama destacadas a la que un insigne escritor español y premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, consideraba como un billete falso... Con sus palabras: "ese billetito falso de la gloria".

No obstante, y en cualquier caso y a despecho de olvidos o silencios que, muchas veces, se deben únicamente a ignorancia o a prejuicio, reitero mi convencimiento y lo proclamo: Wenceslao Fernández Flórez es uno de los escritores españoles del ya pasado siglo XX cuya obra permanecerá viva durante un tiempo al que no hay razón para poner límites.

Es conocido que el escritor rehuyó siempre dar precisiones sobre la fecha y el lugar exactos de su nacimiento. De ello abundan los testimonios y uno, singularmente expresivo por la ocasión a que corresponde, es el del académico Julio Casares, quien dijo, en su discurso de contestación al de Fernández Flórez en el ingreso de éste en la Real Academia Española (el novelista había sido elegido académico en el año 1934 pero no ingresó hasta 1945):

"Wenceslao Fernández Flórez nació en Galicia. [Son las palabras de Julio Casares]. Con esta vaguedad nos lo dice la Enciclopedia Espasa y yo [sigue Casares] no quiero ser menos discreto; en cuanto a la fecha, porque también los hombres podemos sentir algún día la tentación de quitarnos años; y en cuanto al lugar, porque a falta de indicación precisa, nada perderá el ilustre escritor con que varias feligresías gallegas, en homenaje póstumo, se disputen el honor de haber puesto en su boca la pulgarada de la sal litúrgica".

Esa vaguedad a la que se refería Casares en la solemne ocasión del ingreso del novelista en la Real Academia Española de la Lengua era cierta, más que sobre el lugar, sobre la fecha de su nacimiento. Y esto, sin duda, por su propia y libérrima voluntad que nunca quiso precisar esa fecha, y hasta tal extremo que, según he podido comprobar personalmente, en diversos carnés de Fernández Flórez figuran distintas fechas para la de su nacimiento escritas a mano por el propio escritor tal como acredita su letra.

Y expresiva de tal voluntad es la respuesta que él mismo dio a un entrevistador que le interrogaba sobre su edad:

"¿Qué cuántos años tengo? Depende del día. Hay días maravillosos, que se levanta uno joven y se acuesta sin ganas de hacerlo. Días de juventud. Ponga usted de veinticinco a treinta años. Hay días, en cambio, que uno siente el peso de ciento cinco años sobre sus hombros".

Otra muestra más de tal actitud hallamos en uno de los relatos incluidos en el libro Las gafas del diablo, concretamente en el titulado Teoría del gallego. Aquí, el protagonista del relato dice, tras confesar su aversión a las entrevistas:

"Cierto joven colega me visitó hace un par de años y me expuso su inquebrantable propósito de interviuvarme.dibujo-wff
Imagínense mi turbación. En cuanto le hube rogado:

"Siéntese usted", comprendí que ya no tenía nada más que decirle. Él comenzó su interrogatorio;

"¿Qué edad tiene usted?

Acerté a pronunciar:

-Soy joven. Soy muy joven.

-Sí, pero ¿cuántos años?

Le ofrecí un cigarrillo para suavizarle. Me atreví a opinar:

-Con todo respeto a sus procedimientos de Ínterview, ¿no le parece que sería más interesante preguntarme cuántos años desearía tener.

Acaso yo pudiera aventurar una agradable teoría. Los hechos reales son áridos..."

¿Por qué esta ocultación -nos preguntamos- de las fechas exactas? ¿Juego o capricho? ¿Alguna razón de más entidad? Y qué más da... Y los datos son ya conocidos, desde largo tiempo atrás, a poco del fallecimiento del escritor, acontecido, en Madrid, el día 29 de abril de 1964: Wenceslao Fernández Flórez había nacido en la ciudad de La Coruña el día 11 de febrero de 1885.

Y allí, en la ciudad donde había nacido -el mayor de varios -seis- hermanos- juega, crece, estudia... y le surge pronto una vocación literaria que habrá de confirmarse sin mayor tardanza, y comienza a escribir apuntes de cuentos, y crónicas, y versos, versos adolescentes, ingenuos y sentimentales. Sobre estos versos él mismo dirá tiempo adelante:

"... confesaré que en la adolescencia -tan propensa a la melancolía-, cuando yo no tenía nada que decir a mis semejantes, fui atacado por la manía de hacerles llorar, y escribí varios años versos y prosas lacrimógenos a propósito de desengaños y dolores que yo mismo inventaba".

Esa temprana vocación literaria habrá de transformarse en quehacer profesional a causa del fallecimiento del padre, y Wenceslao, el hijo mayor en una familia numerosa, a la que siempre querrá y apoyará, y de modo especialísimo a su madre a la que siempre quiso con verdadera y ejemplar veneración, él hace frente a las adversidades y carencias iniciales y así lo hará siempre.

Más de una vez se ha sugerido que tal dedicación familiar pudo ser la causa de su mantenida soltería. Difícil y aun imposible es saberlo con certeza. Así se ha afirmado y así también se ha negado. Y ahora, tanto tiempo ya transcurrido opino que tampoco nos importa. En cualquier caso, de lo que sí existen noticias, y cartas y concretos recuerdos es de la atracción que muchas mujeres hicieron sentir al escritor. Y éste también a ellas, y hubo amoríos, y amores... Y, situados en el terreno de las elucubraciones, se ha pensado, o imaginado, que en el ánimo del escritor pudo existir timidez, acaso indecisión para decisiones y uniones definitivas, y, ante todo quizás, escepticismo, un escepticismo manifiesto a menudo en sus obras, como -un solo ejemplo- cuando leemos en su libro Una isla en el mar rojo:

"¡Las mujeres! Nunca se las conoce. La que soñamos, no existe más que en nuestro anhelo".

No obstante, aparte intimidades y relaciones, conocidas algunas, y amores, amoríos y misterios aparte, de las experiencias y admiración de Wenceslao Fernández Flórez con y a las mujeres, nos queda -aparte noticias más o menos precisas y cartas personales- una bella galería de personajes y caracteres femeninos, de mujeres que cobran vida en las páginas de sus libros, desde la Federica o Volvoreta que da título a una de sus novelas más conocidas, hasta la Hermelinda, y la Gudelia, de El bosque animado; y Dina y María Luz en La procesión de los días; y Natalia, en Ha entrado un ladrón; y Gabriela, Elena, Erna, en Una isla en el mar rojo, tantas figuras de mujeres, quizá observadas en la realidad y a las que él admiró y acaso amó, o imaginadas y recreadas por el escritor, y que en sus novelas viven, aman, engañan, sufren, nos subyugan siempre.

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Nacido Fernández Flórez, como antes he recordado, en el año 1885, pertenece, pues, a la misma generación o grupo que otros escritores como Gabriel Miró (nacido en 1879), Ramón Pérez de Ayala (nacido en 1880), Juan Jiménez (nacido en 1881), Eugenio d'Ors (n. en 1881), José Ortega y Gasset (n. en 1883), Vicente Risco(n. en 1883), Julio Camba (n. en 1884), Salvador de Madariaga (n. en 1885), Castelao (n. en 1886), Otero Pedrayo (n. en 1888), etc.,... Se trata de una generación de escritores denominada, en ocasiones, de 1914, y en la que algunos historiadores y críticos han creído ver un remozamiento novedoso respecto a la revolución del Modernismo, y en cualquier caso y desde luego un grupo admirable de grandes escritores. Ocasión esta, tras los nombres que acabo de recordar, para insistir una vez más en que una de las riquezas verdaderas, auténticas, de España está en su lengua y en su literatura, riquezas verdaderas y no siempre respetadas, cuidadas, destacadas como se merecen y desearíamos.

En numerosas ocasiones se han recordado y contado los inicios periodísticos de Fernández Flórez con tan sólo quince años de edad, en el diario coruñés La Mañana, en el Diario Ferrolano del que llegará a ser director... Y cómo pronto comenzó a colaborar en las más importantes publicaciones de carácter nacional existentes entonces como Blanco y Negro, y La Esfera, y La Ilustración Española e Hispanoamericana, y El Liberal, y ABC... (en este último periódico seguirá colaborando siempre). Fue una necesidad imperiosa de ganar dinero, según cuenta el propio escritor, la que le condujo a entrar en las redacciones de los periódicos: él mismo lo explica:

"Lo que me interesaba era escribir cuentos y novelas; pero de eso no se podía vivir, y como lo que parecía más emparentado con tal ansia era la labor periodística, y en los periódicos se gana, poco o mucho, algún dinero desde los primeros días, a ellos me acogí".

Y aunque abandonará después el trabajo en las redacciones, nunca en la práctica dejó de colaborar en publicaciones de carácter periódico, sobremanera en el diario ABC. Aunque él negaba que hubiera que considerarle como un periodista:

"Cierta gente opina que yo soy fundamentalmente un periodista. Abultado error..."

No obstante, ecos y recuerdos, levemente desfigurados, de sus vivencias y experiencias periodísticas, aparecerán en algunos de sus relatos, como, p. ej., el personaje del periodista Abelenda en la novela Volvoreta.

En cualquier caso, lo que sí reconocerá y proclamará Fernández Flórez de manera expresa es que (son sus palabras) "el periodismo constituye una práctica que debiera figurar en la preparación de todo literato".

Y en el periodismo continuará siempre con sus colaboraciones, desde sus "Acotaciones de un oyente", en el diario ABC, (donde sucedió a Azorín), y que son unas crónicas parlamentarias plenas de ingenio y agudeza (¡cuanta materia encontraría el escritor ahora en los espectáculos parlamentarios!...)... Crónicas aquellas que alcanzaron gran notoriedad, supusieron un éxito singular y otorgaron un prestigio ya permanente a su autor.

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Y desde entonces hasta, por ejemplo, los artículos, en 1949, de una sección, también en el diario ABC, bajo el título De portería a portería. Leer aquellos artículos constituye una delicia. Recordaré ahora únicamente el comentario final que dedicó a un partido entre el Madrid y el Celta:

"Un fuerte sentido de la equidad me instiga a difundir que si bien el Celta no obtuvo ningún gol, cosechó varios interesantes vicegoles. Así como el vicepresidente es lo que más se aproxima al presidente, y las vicetiples, aunque no siempre son las que se aproximan más a las tiples, las siguen en categoría, así llamo yo vicegol al hecho de que una pelota pase por encima o al lado de la puerta o bata en los largueros, sin ser gol, pero en inminencia de serlo. Este fenómeno carece de denominación propia en el fútbol, y yo tengo un gran placer en condensarlo en una sola palabra, de la que hago regalo para contribuir al esplendor del deporte".

Cuando el escritor, con veinte y pocos años cumplidos, vino a Madrid, contaba ya con una serie de colaboraciones en diarios y revistas y con un destino en el Ministerio de Hacienda al que en seguida renunció. Pero lo que más le atraía era escribir narraciones: relatos breves y novelas. Títulos de algunas de las obras que primero publica son: La procesión de los días, Volvoreta, Ha entrado un ladrón... La primera de estas obras es una breve narración, de jugosa amenidad, que quizá aprovecha recuerdos y experiencias personales y posee un grato, atrayente encanto de juventud. En una de sus páginas finales leemos:4904

"Herrera [el personaje protagonista del relato] llegó al hotel, fatigado, mustio. Más que nunca pesaba sobre él el tedio de la ciudad, de la vida inmutable entre las mismas personas, entre las mismas pasiones. Vio su existencia como una procesión de días iguales, lentos, que viniesen, como un rosario por los montes del Este, y bañasen sus túnicas en la encalmada ría, al pasar, y desapareciesen por el Oeste; uno, otro..., otro... Siempre así".

Ya en Madrid, Fernández Flórez se alojó en una pensión de la calle Augusto Figueroa. Después, en otra pensión que estaba en la calle Tetuán. En ésta es donde escribe Volvoreta, novela a la que un jurado en el que están Emilia Pardo Bazán, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala otorga el premio de un concurso para novelas que había convocado el Círculo de Bellas Artes de la capital de España.

Se trata de una narración que, al igual que otras de su autor, capta de inmediato el interés del lector. Posee además, y así lo creo convencidamente, un singular encanto adolescente o juvenil, y no porque sea una de las primeras en el tiempo de su autor y acaso pueda recoger vivencias juveniles suyas, sino porque toda ella está transida de ilusiones y desengaños con la fragancia de una juventud herida a la que se comienza a decir adiós. Y también, esboza un antiguo e ilustre tema literario: menosprecio de la ciudad y alabanza de la aldea. Y asimismo, en sus páginas aparece constante el recuerdo de Galicia, como escenario al fondo y como nostalgia.

Se trata, según su autor, de una novela sin tesis: "Cogí para hacer la novela -afirma el autor- el espejo aquel de la frase de Saint Real que tomo por lema Enrique Beyle [Stendhal], el que amó la sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él quería, a lo largo de un camino".

Y novela con un personaje inolvidable, la criada que acabará prostituyéndose y cuyo nombre da título a la novela: volvoreta

"... [Sergio]... Se preguntaba en qué otra lengua podría hallarse un nombre tan suave, tan bien timbrado, tan justo para la mariposa -con la fragilidad de sus alas bonitas, con el ir y venir ocioso de su vuelo juguetón, vacilante- tan grato para ser dicho, que tanto se hincase en el alma y se fijase en la memoria como el amado nombre de Volvoreta. Repitió la palabra una vez y otra vez, saboreándola. Sintió entonces en el corazón como un ansia de ser poeta, para rimarla, para poderla engarzar en otras muy tiernas, henchidas de saudade, de agarimos, de dulce y tembladora emoción. Hacer un collar de inmateriales palabras y ceñirlo a aquella alma que un vuelo juguetón trajo hasta él y otro vuelo juguetón había llevado. ¡Volvoreta, Volvoreta!".

Novela esta sin tesis según su autor y ya antes he recordado, pero en cuyas páginas finales nos parece escuchar la expresión de un íntimo deseo, acaso una confesión:

"La vida -leemos en la novela- debiera ser así; conocer tan sólo los pequeños misterios, las pequeñas sensaciones del campo, sin torturas, sin retorcimientos del alma. Sentirse aldeano rudo. Mejor, sentirse alondra que canta, cuervo que pasa, mastín perezoso y atento a la vez. Mejor aún: sentirse árbol, mata, hierbecilla. 

"¡Oh, ser árbol, ser roca, no saber, no querer, no importar nada, no tener un alma enloquecida siempre con uno, siempre en un monólogo de obsesión, de tormento!".

Numerosas obras más de carácter narrativo -novelas, cuentos- vendrán después a hacer de su autor uno de los más leídos y populares de su tiempo. He a continuación algunos de sus títulos: Ha entrado un ladrón. Las gafas del diablo, Tragedias de la vida vulgar. Visiones de neurastenia. El secreto de Barba Azul. Inmoral. Las siete columnas. Fantasmas, El malvado Carabel, Una isla en el mar rojo. La novela 13, El bosque animado,...

En ellas se puede seguir una trayectoria literaria que, tras de la observación realista y melancólica, con algunos rasgos naturalistas, de las primeras novelas, pasa a enfrentarse con las falsedades y engaños de la existencia con una intención reformista más o menos explícita, frenada por un evidente escepticismo; recoge, después, la dolorosa experiencia de la Guerra española, y desemboca, finalmente, en El bosque animado, que es, a mi juicio y me complace proclamarlo, uno de los más hermosos y singulares libros de la Literatura española, poemático y de carácter lírico antes que narrativo, y en el que abundan las páginas de singular belleza y que ofrecen testimonio de la autenticidad de un singular escritor, uno de los escritores españoles que nos permiten afirmar que la Literatura es la gran y singular riqueza de España. Una de las obras que he citado,Tragedias de la vida vulgar, será ocasión para que su autor se enfrente con la verdadera entidad del humorismo. Rechaza las erróneas interpretaciones del término que lo confunden con lo puramente cómico, y, al propio tiempo, se refiere a lo insólito de su presencia en la literatura y en el ser de los españoles ("... este país -afirma-, donde nunca floreció el humorismo;..."), para precisar, en fin, la entidad y carácter del término con las palabras siguientes:

"La visión del ridículo, de la desproporción de los hechos o de los sentimientos, que el humorista ha de poseer, puede excitar alguna vez la risa; pero hay una condición igualmente importante en él: la ternura. El humorismo no puede ser agrio ni violento, porque dejaría de ser humorismo. El humorismo ha de ser la comprensión un poco bondadosa del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia".

Y al hilo de estas consideraciones el escritor recuerda aquella frase que define el humorismo como: "la sonrisa de una desilusión".

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Volverá a tratar el tema del humor en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, efectuado el día 14 de mayo de 1945, y para la que había sido elegido varios años antes. En ese discurso, que versó sobre "El humor en la literatura española", razona la dificultad para llegar a definir el concepto del humor y sin más precisa; "el humor es, sencillamente, una posición ante la vida".

Pero el humor, el humor auténtico, el de Miguel de Cervantes en su Quijote, el del autor de Visiones de neurastenia, tiene como ingredientes, en dosis semejantes, bonda y ternura, escepticismo y melancolía, y sonrisa, una sonrisa tras la que a menudo se oculta el temblor de una lágrima, y que, a veces, puede ser una forma de amable cortesía... Y, con palabras de Fernández Flórez;

"tiene la elegancia de no gritar nunca, y también la de no prorrumpir en ayes. Pone siempre un velo ante su dolor. Miráis sus ojos, y están húmedos, pero mientras, sonríen sus labios".

Esbozaba antes apresuradamente la trayectoria novelística del escritor y me refería a la experiencia - dolorosa experiencia - que subyace en su libro Una isla en el mar rojo, testimonio de la vida en Madrid durante los años de la Guerra española. El autor dirá acerca de estaobra:

" No sé clasificar este libro.

"¿Novela? Pero él es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía. No son ensueños los que traje al papel,sino un ancho brazado de recuerdos atroces que segué ampliamente en mi alma, para lección de los que no saben, y también con la esperanza absurda de que no retornen en ella".

Y con estilo directo, preciso, retrata una realidad, y hace asimismo una reflexión acerca de la condición humana, reflexión negativa y muy explícita en algunas de sus negativas consideraciones, así cuando dice:

" Porque el hombre es malo".2014-06-30-11.43

"... comprobó cómo el hombre que puede acaso ser capaz de olvidar una ofensa, se resiste a perdonar un favor..."

"... haber visto tan de cerca y tan duraderamente lo que hay en la humanidad de ruin, de malo, de feroz".

Pero también proclamará;

"... la más firme base para todo trato y para cualquier sociedad humana es la bondad".

Tras de este libro catártico, Fernández Flórez retornará, en El bosque animado, publicado en el año 1943, a los paisajes vistos y sentidos, paisajes del alma, de su tierra gallega. En verdad nunca había faltado esa presencia, insinuada o expresa, en sus libros, manifiesta en múltiples referencias, alusiones... Y, como dice un personaje en la novela La procesión de los días, "Antes que todo estaba su amor a Galicia"

Y otro personaje, en Volvoreta: "Fuera de Galicia viviría en una eterna nostalgia".

Y el protagonista de la novela Ha entrado un ladrón, dice en una conversación "... yo quería decirte una cosa, [...] Hoy he pasado junto al cementerio, y pensé que no quisiera ser enterrado en otro sitio. Si Dios dispusiese que no hubiera de morir yo en nuestra casa, mi hermana [...] hará que mis cenizas vengan a estar bajo esta tierra".

¿Será exageración carente de sentido suponer que en estos tres textos, con las palabras de tres distintos personajes, hablaba la voluntad de Wenceslao Fernández Flórez?

Él también había dicho que, a la hora del sueño definitivo, quería descansar en su tierra gallega. Y a ella fue llevado a su muerte, en cumplimiento de su voluntad, desde este Madrid nuestro que es patria de todos y donde él había residido tantos años. En Galicia le aguardaban los seres humildes, los fantasmas, los animales, las plantas de su terra meiga, el bosque animado de su novela. Y allí fue llevado, a fundirse y confundirse con la tierra a la que tanto había amado.

 

Extracto del discurso de Don José Montero Padilla en el Casino de Madrid